El alcohol dilata la tensión de nuestras miradas, cada trago es una pulsación. De cada latido depende nuestro olvido. Queremos ir a dormir en paz con nuestro conciente que no para de hablar, el eco nos aturde. Esta noche queremos dormir con una sonrisa dibujada en nuestros labios, esta noche sólo queremos dormir, nada más. Un sueño fácil, sin reflexiones, sin discusiones, sin vacilar.
Caimos.
Y una vez más todas tus promesas son mentiras, todas tus excusas, tus palabras. La soledad disimulada en éxtasis efímero, gesticulaciones nunca habladas. Somos ciclos, costumbres de la cama. Somos llama y trueno, incompatibles en el tiempo. Estallamos. Observá como quemo silenciosa, nada más el crepitar y la luz enceguecedora, iridiscente. Si mirás fijo queda grabada en tu retina para siempre.
Somos la misma monotonía y jamás en sincronía. Tal vez deberiamos darnos la espalda, pelear por nuestro pedazo de sábana y caer dormidos. Dormir el sopor del veneno que corre en nuestra sangre, anestesiados, dormir. Y brevemente amanecer una vez más juntos sin recuerdo de haber escrito esto antes de cerrar los ojos, ebrios como estábamos, con nuestras copas ya vacias a un lado y la tormenta que ahoga tu respiración jadeante. El aroma a vodka sigue tirado en el suelo, la tormenta yace seca en el vidrio de la ventana y tus huellas en mi espalda. Y el ciclo comienza de nuevo.
